19 de octubre de 2009

El tarot telefónico. IV.- Las (otras) reglas del juego

Un repaso a las "reglas del juego" de los servicios de tarotismo y adivinación telefónica no estaría completo sin referirnos a esas otras reglas que configuran el negocio. Unas reglas a veces absurdas y otras, incluso, contradictorias entre sí, pero fundamentales para el funcionamiento del chiringuito de marras.

La primera es que, no debe usted olvidarlo, lo suyo es un don. Como hemos visto, en realidad cualquiera puede dedicarse a esto de la adivinación telefónica aprendiendo unos pocos truquitos y echándole un bastante de morro. Sin embargo, eso que quede entre ustedes y yo; para el resto del mundo, que son sus clientes potenciales, lo suyo es un "don", una "facultad", un, si quiere, "poder" que por supuesto no poseen todos, sino solo unos pocos elegidos como usted.

Y quédese ahí. Es decir: si alguien intenta indagar en qué consiste ese don procure usted salirse por la tangente, hablando de que ya lo tenía desde que era un chavalín (así, de paso, dejará caer que tiene usted un montón de años de experiencia). Diga que gracias a ese don ha podido usted dedicarse a su vocación de "ayudar a los demás" (no complete la frase con un "a vaciarse los bolsillos", que está feo), e incluso asegure que a veces es una carga que debe asumir con resignación. Pero deje claro, si es preciso confesándolo abiertamente, que no tiene usted ni la más remota idea de en qué consiste el dichoso don.

Lo cual le evitará tener que dar engorrosas explicaciones (que, si su interlocutor es quisquilloso, pueden incluso hacerle quedar en evidencia) y, de paso, le permitirá proclamar a los cuatro vientos su modestia y su bondad.

Así que ya sabe: lo suyo es un don, un don personal, único e inexplicable.

A pesar de lo cual, conforme a la regla número dos de nuestra lección de hoy, lo suyo se aprende.

¿Cómo? ¿Que la segunda regla contradice a la primera? No, hombre, eso sería en el mundo normal, cotidiano, en el de verdad. Pero en el mundillo paranormal, lleno de magia e ilusión, es perfectamente posible afirmar una cosa y la contraria y asegurar que ambas son verdad de la buena sin que nadie lo ponga en duda. Y si alguien lo hace, es que es un escéptico malvado, detractor y comeniños.

Así que volvamos con la regla. Lo de que lo suyo se aprende, en realidad, es una excusa a la desesperada. Me explico: como puede comprobar cualquiera con una simple -aunque cara- llamada, en el Tarot del Mago Fulanito o la Bruja Menganita ni Fulanito ni Menganita atienden el teléfono. Quienes lo hacen son meros operadores telefónicos.

Y por eso es necesaria la excusa. Vale, evidentemente hay pardillos que se creen lo del "don" de Fulanito o Menganita, pero ¿cómo creerse que puedan compartir ese "don" simplemente suscribiendo un contrato de trabajo?

La pregunta es obvia, hasta el punto de que sale siempre a relucir cada vez que alguno de estos tarotistas, adivinadores y demás aparece en un medio de comunicación. Y la respuesta, como decíamos, es esa: que lo suyo se puede enseñar. De hecho, el brujo de turno suele explayarse (que no es lo mismo que explicarse) contando que selecciona rigurosamente a sus empleados, les enseña personalmente y los somete a un período de prueba en el que deben acreditar su capacidad.

Cosa que está muy bien (sobre todo en el hipotético caso de que sea verdad), pero realmente sigue dejando en el aire la cuestión principal: si es algo que se puede enseñar, ¿dónde queda eso del "don" personal, esa "facultad" que solo usted y, como mucho, unos pocos elegidos más poseen? Y, si realmente existe ese "don" (y si va más allá de la mera habilidad para contar a los clientes lo que ellos quieren escuchar a cambio de su dinero), ¿no está engañando a sus clientes anunciando su servicio telefónico como algo suyo, pero delegando la atención de las llamadas a simples empleados?

No hay respuesta posible: o el vidente admite que su supuesto "poder" no es tal, sino una simple técnica que se puede aprender y enseñar, o bien admite que está engañando a sus clientes haciendo que los atiendan simples empleados. En cualquiera de los dos casos quedará como un farsante, y el hecho de que muchos de ellos no hayan sido públicamente ridiculizados así se debe únicamente a la benevolencia con la que la mayoría de los medios suelen tratar a estos vividores a costa de la credulidad ajena.

Vividores que generalmente no se contentan con un simple tarot telefónico. y esa es la tercera regla: el servicio telefónico es solo el complemento de la consulta privada.

Cualquier adivino dirá sin dudarlo un momento que nada sustituye al contacto personal, y el hecho de que semejante afirmación también resulte incongruente con el hecho de ofrecer un servicio telefónico atendido por teleoperadores anónimos tampoco les causa ninguna incomodidad. Al fin y al cabo la mayoría de ellos suelen asegurar que su intención al montar el teléfono de pago es solo "ayudar" a más gente, pero no puede en modo alguno sustituir a una consulta privada y personal, mucho más próxima y, aunque no lo suelan confesar de una forma tan espontánea, mucho más lucrativa.

Y que además puede dar paso a un negocio aún más suculento y aún más inmoral, pero que supone subir un escalón más y pasar directamente a la intención fraudulenta.

Porque la intención de engañar es algo que, por sorprendente que parezca, no todos los adivinos, tarotistas y demás embaucadores, telefónicos o no, tienen. Muchos actúan de buena fe, están genuinamente convencidos de sus poderes y de que realmente están poniéndolos al servicio de su clientela, y su negocio se limita obtener lo que consideran una contraprestación justa por semejante servicio, sin la más mínima intención de desplumar a nadie.

Y sí, por supuesto que están practicando el engaño, pero a una escala muy reducida: en realidad, solo se están engañando a sí mismos. Lo que hacen con sus clientes no es una verdadera tomadura de pelo. O, mejor dicho, lo es, pero ellos no creen que lo sea.

Que ese autoengaño sea suficiente o no para exculparlos por su conducta es algo que se puede discutir. Pero en otros casos, desde luego, no hay discusión posible. Y como son punto y aparte, pues eso, los veremos en otra entrada.

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