Tradicionalmente se procuraba que el nombramiento de Juez de Paz de un pueblo recayera en lo que en la tierra de mis padres llaman aún un "hombre bueno": una persona con capacidad de mediación, sentido de la justicia y honradez. Hoy en día la cosa ya no está tan clara, en parte por el papel casi residual que las leyes le otorgan, y en parte por el sistema de nombramiento: nuestra legislación se limita a exigir que sean españoles, mayores de edad y no incursos en ninguna causa de incapacidad o incompatibilidad, y a encomendar su elección a la mayoría del pleno del Ayuntamiento. Lo cual no impide que a veces la elección se convierta en una especie de concurso de méritos, más que nada para que cada facción municipal justifique por qué prefieren a su candidato y no al que proponen los de enfrente.
Esto último es lo que ocurrió no hace mucho en un Ayuntamiento canario. El nombre del pueblo no importa, y tampoco el de los candidatos, aunque si tienen curiosidad el vídeo es suficiente para identificar a unos y a otros. De hecho, ni siquiera importa el nombre del concejal que toma la palabra, aun en el muy remoto caso de que alguna vez lea esto y se entere de cómo se la han dado con queso...
Porque sí, se la han dado con queso. Vean y escuchen: